PERDER LA AUREOLA
-Pero, ¿cómo? ¿Usted por aquí, querido? ¡Usted en un lugar de perdición! ¡Usted, el bebedor de quintaesencias! ¡Usted, que come ambrosía! En verdad, hay de qué sorprenderse.
-Querido amigo, conocéis mi terror a los caballos y los coches. Hace un momento, cuando cruzaba el bulevar, a toda prisa, y sorteaba el barro, a través de ese caos movedizo en que la muerte llega a galope por todas partes a la vez, la aureola, en un movimiento brusco, se me escurrió de la cabeza al fango del macadam. No tuve el valor de recogerla. Juzgué menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos. Y además, me dije, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo pasearme de incógnito, llevar a cabo acciones bajas y entregarme a la canalla, como los simples mortales. ¡Y aquí me encuentro, semejante a usted, como puede ver!
-Al menos deberíais poner un anuncio sobre la aureola, o reclamarla en la comisaría.
-¡No, por favor! Me encuentro bien aquí. Sólo usted me ha reconocido. Además, la dignidad me aburre. Por otra parte pienso con alegría que algún mal poeta la recogerá del suelo e impúdicamente se adornará con ella. ¡Qué gozo hacer a un hombre feliz! ¡Y, sobre todo, feliz a aquel que me hará reír! ¡Pensad en X o en Z! ¡Vaya! ¡Sí que va a ser gracioso!
Charles Baudelaire, El Spleen de París (1862)